No hay tristezas que albergar ni lágrimas que derramar, lejos del mundo exterior, existe un mundo interior, donde no hay fatalidad. Allí lo feo y lo bello, no asienta desigualdad; se amalgaman en la fuente, difusora de energía, que deshace lo complejo con en rol de la armonía. No existen formas que inquieten, la serenidad del alma, ni paradigmas impuestos por el flujo de otros ente. No existe -principio ni fin- todo es luz y claridad; allí se aquieta la carne para endosar -la divinidad- de ese espíritu de poder, de amor y de dominio propio, con el que -todos- fuimos dotados. Y es qué, allí, en nuestro interior, se atiende -de la vida- su más elevado estado, para ser, luz y camino, de nuestros propios pasos...
12 de marzo de 2017
Autora: Ivette M. Quiles Silva
con cariño... Campesina, Brillamor
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